Importa esperar
Un coche patrulla calles que aún
resulta insólito ver desiertas. Deja atrás una hilera de comercios cerrados. Entre ellos un escaparate se autoproclama como tienda de comics. En su interior
apenas hay luz y un único ocupante. Aun así puede verse en cada
rincón el santuario de papel y plástico donde figuras heroicas
vestidas con capa, botas y ropa ajustada de colores llamativamente
combinados, rojo, azul, blanco, amarillo, exhiben su atlético cuerpo
en acción y una mirada, amistosa o desafiante, pero siempre llena de
confianza.
El librero retira comics de las estanterías y los va apilando. Un escalofrío le sacude cuando avista alguna sábana extendida sobre los ya amontonados. Hojea algunas páginas mientras se encorva progresivamente y respirar se le hace cada vez más difícil. Dentro de su cráneo reflexiona intranquilo. Finamente se dice: debo hacer, no pensar. Se dirige al escritorio, toma asiento y se seca el sudor con una manga.
El librero retira comics de las estanterías y los va apilando. Un escalofrío le sacude cuando avista alguna sábana extendida sobre los ya amontonados. Hojea algunas páginas mientras se encorva progresivamente y respirar se le hace cada vez más difícil. Dentro de su cráneo reflexiona intranquilo. Finamente se dice: debo hacer, no pensar. Se dirige al escritorio, toma asiento y se seca el sudor con una manga.
Su héroe infantil al rescate. Le avivó curiosidad e imaginación y le invitó a este mundo de dibujos y palabras del que nunca quiso alejarse. En una gran lámina a todo color flanquea la pared de novedades. Años antes de abrir la escogió para la tienda. Siempre le conforta verlo ahí, gloriosamente dibujado, como defensor de los indefensos. Alguien así, en su mundo, enfrentaría circunstancias semejantes sin rendición, hasta encontrar soluciones para dilemas como la amenaza de un virus o la incertidumbre por una crisis. Y tampoco se rendirá él, tras casi veinte años cubriendo con esfuerzo y dignidad, primero sus necesidades, después las de una familia, con los beneficios de un negocio que interesaba principalmente a una clientela en absoluto voluminosa de niños de más de treinta años.
Organiza sus ideas y redacta un mensaje para sus clientes. Dado que la ley no considera arte y lectura servicios esenciales no podrá desplazarse hasta la tienda ni por lo tanto entregar pedidos, hasta nueva orden. Apela a la comprensión, ruega paciencia y se despide con los mejores deseos. Lee un par de veces, lo juzga adecuado y lo envía. Se encoge en su silla. Esperaba mayor alivio o descanso tras zanjar esto pero se conforma. Alcanza para llamar a casa y volver a la vida, cómo estáis, no tardaré, cuando le sobresalta un zumbido. Respuestas. Le dicen que lamentan la noticia, que están con él. Que esperan comprar en su tienda y verle, si puede ser, pronto. Conocidos y allegados tratan de animarle y consiguen que sonría satisfecho y su cuerpo parece liberarse al fin de una carga que lo comprimía y aplastaba. Deslizándose de aquí a allá ve también algo que afea el conjunto. Con sólo un vistazo percibe algo anómalo y a pesar de todo lee:
No quiero molestar
pero, el envío de los que hemos
abonado ya, ¿se podrá hacer?
Si no se puede, no me importa esperar.
Ánimo
ya me respoderás
saludos
Con un impulso explosivo se levanta, ¿Que no te importa esperar? ¡A mí sí que me importa! ¿No he dicho que no puedo moverme? Ya me gustaría poder abrir y meterte tus tomacos y el dinero por… Que todavía haya gente tan a su bola tal como está todo. Seguro que es de esos que… Tiene que apoyarse porque se está mareando. Su tienda comenzó a dar vueltas y no sabe cómo hacerla parar. Intenta inspirar y su garganta emite un chirrido agudo que le asusta. Admite que recientemente reconoció en él ciertos síntomas y rehuyó contrastarlos. Aun así, siguió las recomendaciones desde el principio. Seguro que exagera, será ansiedad por tanto estrés y por culpa de ese… Una terrible tos le agarra más de un minuto y cuando le suelta su corazón golpea en su pecho como si pidiera auxilio. Intenta volver a la silla pero tiene que sentarse en el suelo y esperar a que su cuerpo le de una tregua. Clava la mirada en el rostro sonriente de su héroe y procura apartarla de las sábanas. Pasan los minutos y no mejora. Quizás necesite ayuda pero llamar a urgencias le parece excesivo y egoísta. Quizás alguien de confianza pero imaginar el esfuerzo de esa operación le hace sudar y marearse de nuevo. ¿Qué haría su héroe?
Encontrar soluciones. Otea a la redonda sin objetivo claro y en un vehículo que circula tras el escaparate algo le resulta familiar. Es un coche policía. En un acto de viveza desesperada palpa un volumen de tapa dura a sus espaldas, lo agarra y con esfuerzo lo lanza. Describe una dramática parábola y sobrevuela la tienda hasta impactar contra el cristal provocando un modesto estruendo. Se recuesta, mira al techo y piensa en su familia. La incansable canción de los gorriones es barrida por el mugido agudo de una sirena. Para él una fanfarria. La esperanza repta y se asoma a a saludar. Presta atención porque oye un par de voces. Apoya los codos en el suelo y alcanza a ver dos sombras tras el cristal. Distingue sus gestos, cómo examinan el vidrio quebrado y oyen los gemidos que provienen del interior. Le ven debatiéndose, agitando un brazo con dificultad y de inmediato entran en la tienda.
El azul y negro de dos siluetas imponentes ante el umbral recorta el fuego del atardecer.
Como el rayo se aproximan mientra estudian su
estado y cada rincón local.
Una agente se sienta a su lado e inicia los primeros auxilios
mientras su compañero habla al aire, tocándose una oreja. Ambulancia no, por
favor… susurra, es… ansiedad… y culpa de ese… Vuelve a marearse. Tose
con cuidado y, en silencio, les observa trabajar. No se encontraba en la
mejor situación para ser un testigo fiable pero él juraría, más
tarde, que ella no se distinguía de la mismísima Wonder Woman de George Pérez con uniforme de Shield y apenas vio al otro agente pero a él le sonó
como la voz del Capi, cuando dijo: Esté tranquilo, va a
ponerse bien.
Japilápìz
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