Veraneo de rockstars
Había que recorrer aquel camino y pagar por ello con cada paso. Sufrir un calor descarnado, superar el miedo a morir bajo las ruedas, pero al llegar se detenían en la puerta, abrían los brazos y las piernas, y dejaban que el viento helado se colase por cada rendija de su cuerpo. El frío reconfortante, el brillo del mármol, orden y prosperidad, era como entrar en un país mejor. –Esta es buena hora. No hay mucha gente, ni demasiado poca. Da de comer al aburrido. A la vista del banquete que allí se exhibía cómo considerar pecado tomar un poco. –Yo una cocacola y patatas. –Yo un zumo de piña y donetes. Solían merendar en zonas de poco tránsito, entre somieres y colchones, frente a las televisiones o comían con disimulo mientras daban un paseo. Recorrieron los pasillos con parsimonia, compartiendo impresiones acerca de cada artículo. Serruchos, camisones, flores de plástico, todos merecían algún relato, alguna explicación, alguna broma. Y...