Veraneo de rockstars

Había que recorrer aquel camino y pagar por ello con cada paso. Sufrir un calor descarnado, superar el miedo a morir bajo las ruedas, pero al llegar se detenían en la puerta, abrían los brazos y las piernas, y dejaban que el viento helado se colase por cada rendija de su cuerpo.

El frío reconfortante, el brillo del mármol, orden y prosperidad, era como entrar en  un país mejor. 

–Esta es buena hora. No hay mucha gente, ni demasiado poca. 


Da de comer al aburrido. A la vista del banquete que allí se exhibía cómo considerar pecado tomar un poco.

–Yo una cocacola y patatas. 

–Yo un zumo de piña y donetes. 

Solían merendar en zonas de poco tránsito, entre somieres y colchones, frente a las televisiones o comían con disimulo mientras daban un paseo. 

Recorrieron los pasillos con parsimonia, compartiendo impresiones  acerca de cada artículo. Serruchos, camisones, flores de plástico, todos merecían algún relato, alguna explicación, alguna broma.  

Y aunque parecían ir a la deriva, sus pasos perseguían un destino, una sección específica. 


Fale se bajó los cascos y miró hacia atrás. 

—¿No quieres escucharlo? 

—Ya he escuchado ese disco. Está de puta madre. Mi padre lo tiene todo de ellos. 

Andi ya estaba como siempre, le daba igual hacerlo en mitad de la calle o llevarse por delante clientes y carritos. Comenzó a chillar falsetes, a sacudir la cabeza  y a correr como un poseso para dejarse caer y deslizarse de rodillas un par de metros y siempre sin abandonar el personaje ni soltar jamás su micrófono imaginario.

Cuando hacía esto Fale se moría de verguenza pero en su opinión lo hacía tan bien que siempre cedía y lo acompañaba a la batería, que  a menudo se conformaba imitar verbalizando sonidos y onomatopeyas, pero aquel lugar estaba lleno de posibilidades acústicas, de tentaciones tonales. Tamborileó la superficie de los cedés, cajas de cartón, plástico sólido y acolchado, madera. Probó con los metales. 

Interpretaron tres temas seguidos. Entre la dispersa audiencia hubo rostros, sorprendidos, ruborizados, sonrisas y también malas caras, en su mayoría pertenecientes a personal del comercio. 

Saludaron, dieron las gracias y Andi dijo en voz baja:

—¿Oye, tu no tienes más hambre? 


—Yo ya lo había probado una vez, en casa de mis tíos. 

—Yo nunca. Está buenísimo. 

—Mierda. Cógelo todo y vamos para allá. 

—Qué pasa.

—No te pares. Y no corras. 

—Oye. ¡Eh. Vosotros dos!

—No mires  —susurró Andi.

Se dirigieron a las cajas, pronto divisaron una cola convenientemente larga. 

—Perdone, es usted el último?

—Sí, claro. 

—Gracias.  Te he dicho que no mires. 

—Nos ha seguido. Está ahí. No nos quita el ojo. 

Andi miró discretamente por encima del hombro de  Fale e inició una conversación que pretendía pasar por despreocupada. 

—Entonces, ¿te vas a comprar el disco? 

—Igual se lo pido a mi padre, si apruebo en septiembre. 

—No sé cómo te han podido quedar tres. Mi padre me mataría. 

La cola menguaba con rapidez y  el guarda no  se separaba de ellos. Fale miró en su dirección tratando de fingir un gesto casual pero la mirada severa que encontró parecía  estar leyendo en su rostro la preocupación que revolvía su interior. Andi comenzó a elucubrar una fuga expeditiva pero su mirada también se encontró con la del vigilante, que parecía sugerirle: «inténtalo». 

Un matrimonio se acercó empujando el carro hasta detenerse detrás de ellos. Los clientes que tenían delante ya estaban descargando su compra y colocándola en la caja. Andi y Fale se interrogaron con la mirada.

Al contrario que el de Andi, el rostro de Fale aún sabía suscitar en los adultos genuina ternura infantil, confianza. 

Fale respiró hondo, se volvió hacia el matrimonio y desplegando ante ellos una amistosa sonrisa dijo con familiaridad:

— Disculpe, ¿podría decirme la hora?.

—Sí, cómo no, son... 

—No hace falta. Ya sé que hora es. Jaja. ¿Es bueno ese detergente? 

—Umm... Sí,  no está mal... 

 —¿Quieren que les cuente un chiste?

—¿Un chiste? Jaja, ahora no, que tenemos que sacar las cosas del carro.

—Bueeno... 


—¿Esas cosas son suyas? 

—No, son de esos chavales... ¿Dónde están?

—Parece que no nos sigue. 

—Mejor que no volvamos a entrar. 

—Vamos a mirar las revistas. 

—Oye, esa es Sara, ¿no? 

—Sí, con sus padres. Hazle así con la mano. 

—... No nos ha visto. 

—Hostia. El nota ese está ahí. 

—Viene para acá. Vámonos. 

—Bueno, igual no viene por nosotros. Vamos a ... 

—Vámonos. 

—Pero si no estamos haciendo nada.

—No quiero que lo vea Sara si nos dice algo.

—Joder... Venga, vámonos. 


Afuera la temperatura del infierno había descendido algunos grados sin embargo persistía imparable la embestida  enloquecida y despiadada de los camiones. 

—Adiós. Hasta mañana. 

—¡Mañana a la misma hora! 


#elveranodemivida

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