Visitante

 

Esperó, oculto tras la penumbra más densa del dormitorio, hasta que la criatura dejó de moverse. Entonces descendió hasta su regazo. Estudió unos instantes el cuerpo tendido ante él, desplegó el instrumental, palpó con prudencia la cabeza y apartando unos mechones, clavó la aguja hasta el fondo. El cuerpo se contrajo y el rostro se arrugó en distintas direcciones, dando muestras de dolor, aunque enseguida se calmó y permaneció dormido.

Continuó con el procedimiento. Conectó un grueso cable al otro extremo de la aguja y manipuló los resortes del panel mientras leía con atención las indicaciones; hasta que una de ellas confirmó que el proceso había comenzado con éxito, comprometéndose a avisarle cuando hubiese concluido. Aun así, siguió observando el panel en previsión de algún error, de alguna sorpresa inesperada.

El cuerpo se extremecía. Seguramente debido a la extracción. No se consideraba un proceso especialmente doloroso pero tenía entendido que solía provocar sueños desagradables. Sobre ellas hay cierto oscurantismo y, por lo tanto, cierta mitificación, que ha impregnado la información a la que ha tenido acceso hasta esta noche, en la que se le ha asignado realizar su primera extracción. Había oído historias de sujetos cuya mente les llevó a transitar por territorios vetados. Incluso de algunos capaces de ver, de defenderse.

Al parecer este sujeto alberga ideas que los propietarios consideran inadecuadas. Nunca se rebajarían a calificarlo como un peligro; estorbo acaso. Podía y debía entenderse la mente humana como un terreno común en el que no era conveniente dejar crecer ciertas hierbas; o como una maquinaria que debía usarse del modo indicado y no el que dictase la costumbre o la conveniencia. A menudo había que forzarles a aprender cómo usarla.

El cuerpo volvió a agitarse. El sujeto gemía. Inexperto o no, diría que no sueña, sino que intenta despertar. Estaba haciendo demasiado ruido. Abandonó el panel y mientras se aproximaba al cuerpo pensó en alguna medida más expeditiva, una descarga eléctrica, pero cuando lo tuvo otra vez delante, tras dudar unos segundos, optó por una ráfaga de somnífero.

Se contaba acerca de una época en la que había mayor preocupación por el bienestar de las bestias.

Tal como era comprendido entonces el mundo, unos y otros formaban parte del mismo todo. En consecuencia, pese a que para los propietarios eran esencialmente alimento, no podían ignorar que eran criaturas sensibles y si sufrían, al sentirlo como algo propio, tampoco podían soportarlo. Se sentían con cierta responsabibidad sobre ellos y sus necesidades y obligados a proveerles de condiciones de vida satisfactorias.

Algunos fantasean acerca de tiempos en los que las criaturas se entregaban voluntariamente, con celebración, como parte de algún pacto tácito. O con propietarios que renunciaron a dañar para alimentarse, incapaces de mirarles a los ojos sin dejar de mirar a un igual.

Independientemente de la veracidad de esas historias, esa situación no se prolongó demasiado. No tardó en abrise una brecha. El crecimiento de las especies debe ser controlado. No podemos denominarlo exterminio una vez llegados a cierto punto, sino equlibrio. Así piensan el mundo ahora. Se escuchan calificativos como «plaga» y «decepción». Las buenas intenciones conciernen al rendimiento, la maximización y a no ser que contribuya a mejorar la producción, no se presta atención a ciertos detalles.

Un pitido agudo perforó su mente. Se dirigió al panel y confirmó el éxito de la operación. Empezó a guardar el equipo. Observó el rostro del sujeto. Ahora dormía como si nada hubiera pasado, apaciblemente, casi parecía feliz.

Respecto a los individuos para los que a diario recolecta, o elimina malas hierbas, su propia condición no es muy distinta a la de la presa. Incluso se podría considerar inferior. Él es un mero instrumento del predador, un engranaje, sin mayor voluntad o poder de decisión que la aguja que está entre sus manos. Y estos razonamientos, que podrían haberle provocado sentimientos de empatía y solidaridad, simplemente le enfurecen y extrae la aguja con un descuido poco profesional que mañana por la mañana, además del desconcierto de una mente a la que arrancaron pedazos de memoria e imaginación, además de la angustia de quien no puede saber qué pero sabe que ha olvidado algo, dejará en la coronilla del sujeto un escozor inexplicable.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Cántico gradual para Agustín, Tabitha Spruce